Hay quien afirma – y nosotros con ellos – que en el mundo que denominamos Occidental nunca, jamás, se van a recuperar los niveles de empleo anteriores a la crisis que nos atenaza, para los segmentos profesionales menos cualificados.
Podrá flexibilizarse el mercado laboral y prolongarse la edad de jubilación; podrá limitarse el gasto y el déficit público, se podrá reconfigurar el denominado Estado del Bienestar todo lo que se quiera y crea conveniente, que Europa, en general y España en particular, nunca volverán a recuperar los anteriores niveles de empleo únicamente con oferta para trabajadores sin cualificar.
Por laxos que sean los límites donde fijemos el nuevo escenario, siguen existiendo varios miles de millones de seres humanos capaces de trabajar en condiciones económicas y productivas fuera de los ratios de la Europa que conocemos.
Lugares donde, no nos equivoquemos, ya se invierte en desarrollos, procedimientos y tecnologías que garanticen, cuando sea necesario, los estándares de calidad que son exigencia en Occidente, pero con los costes propios de lo que no es Occidente. No sólo eso: en algunos de esos países nos llevan la delantera, en ocasiones, en las inversiones en I+D+I, nuevas tecnologías aplicadas, modelos de diseño, etc.
Por ello oír, cada vez con más frecuencia, a empresarios y patronales, sindicatos y empleados, hablar de la necesidad de elevar los niveles globales de nuestra capacitación, de competir por los puestos y responsabilidades de mayor cualificación, de invertir necesariamente en convertir nuestro tejido productivo en un invernadero de altas capacidades en todos los segmentos profesionales y hacerlo de manera continuada no puede sino servirnos de acicate y de motivo de alegría y de reflexión en Megatraining, tan implicada desde hace décadas en este tipo de formación profesional de calidad.
Sin embargo conviene llamar la atención sobre algo: cada vez que los agentes sociales y la sociedad en su conjunto, han afirmado categórica y acertadamente, que ésta es la única salida a la actual reducción de los niveles de empleo, terminamos recurriendo a cursos y formaciones subvencionadas o gratuitas de carácter estatal, genéricas, masivas, a distancia y de autoestudio, que conllevan, frecuentemente, un número irracional de horas de dedicación profesional, una más que probable ruptura de los mecanismos de conciliación familiar y de igualdad, una baja – o de difícil verificación – calidad de la enseñanza y/o el aprendizaje y una deficiente, por no decir inexistente, capacidad de introducción en el puesto de trabajo, de los conocimientos y técnicas aprendidas.
Que nadie nos interprete mal: todos los mecanismos (presencial, a distancia, mixtos, remotos y de autoestudio) eficientemente combinados, ofrecen, sin duda, una fórmula infalible para la construcción de esta nueva “sociedad de la formación“, pero no pueden ser elegidos únicamente con el criterio de obtener un mejor coste por empleado, ni pueden servir para acreditar, “socialmente” el esfuerzo patronal y sindical por mantener la formación continua.
Porque este no es un problema sindical o patronal. No se trata de mostrar cifras que acrediten el compromiso: se trata de supervivencia empresarial, del empleo, la productividad y la competitividad.
La apuesta por la alta capacitación de nuestro tejido laboral es una necesidad inexcusable, especialmente en un país donde el tejido empresarial fundamental está compuesto por pequeñas y medianas empresas. Crear planes estatales de inserción “por arriba“, para aquellos que no tienen actualmente empleo, y de naturaleza
continuada para aquellos que sí gozan de él, es una norma que ni el Estado para los primeros, ni ningún empresario que quiera mantener la competitividad de su empresa, para los segundos, debería obviar, ni mucho menos dejar únicamente a la iniciativa estatal de la subvención.
El desarrollo de carrera, las técnicas interdisciplinares y de habilidad grupal, la capacitación técnica, la introducción de las Nuevas Tecnologías, la cultura digital y las Redes Sociales en el quehacer diario, la consideración de la formación continua y de valor como parte de las obligaciones laborales cotidianas de cada trabajador cualificado, el aprendizaje de estándares y procedimientos de medición y cálculo de la calidad, predictibilidad y aseguramiento de la gestión, y la participación de ejecutivos y directivos en cuantas actividades se desarrollen para lograr estos objetivos en todos los niveles de las organizaciones – incluidos los suyos propios – tienen que estar en el cromosoma genético básico de cualquier empresa, especialmente de aquellas que no se resignen a desaparecer ante el empuje de los eficientes productores internacionales no occidentales.
Y entender que la calidad tiene un coste, si se quiere mantener dentro de los más elementales márgenes de calidad, y que dicho coste no es un gasto superfluo, sino una inversión imprescindible, es fundamental en esta nueva era donde el empleo no cualificado se realiza y se seguirá realizando – con y sin crisis – fuera de nuestras fronteras.

